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Las confusiones mentales y el sufrimiento

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Las confusiones mentales y el sufrimiento

Slow Lou

En la cultura católico-romana de occidente en muchas ocasiones relacionamos el karma (acción-reacción) con castigo y premio. En la cultura oriental el karma no es más que una explicación de por qué pasan las cosas, sin la carga emocional-religiosa que le añadimos nosotros.

Una acción no virtuosa, una acción que trae sufrimiento para nosotros y otros, desde nuestro paradigma ”merece” castigo, es por eso que muchas veces creemos que no es justo que a la gente buena le pasen cosas malas y que a la gente mala le pasen cosas buenas.

No hace falta entrar aquí en lo que es bueno o malo y en cómo somos nosotros desde nuestra observación-espejo, nuestros apegos, aversiones, expectativas y miedos los que juzgamos sin saber realmente lo que es beneficioso o no. Hoy no va de esto.

Creo que podemos hablar mejor en primera persona, porque al final es más fácil verlo desde dentro... de hecho sólo se puede ver bien desde dentro.

Cuando yo hago, digo o pienso algo que produce sufrimiento (ya sea mentir, cojer algo que no me pertenece, volverme agresiva, culpar a otros por mis males, etc) soy yo y solo yo la que está creando confusión en mi mente. Es más, probablemente mi acción venga de la confusión y ahí estamos, en un círculo que se retroalimenta.

Si en tu camino de desarrollo personal tu máxima aspiración es ser feliz y liberarte de las trampas de la mente, lo mejor que podemos hacer es reconocer la acción no virtuosa que hemos llevado a cabo como parte del karma: no solo como acción hacia la reacción si no como reacción en sí misma. Y no, no es una reacción a algo fuera, es una reacción a nuestra confusión mental.

 

Te pongo un ejemplo más sutil que robar o mentir: enfadarte con tu padre o tu pareja porque quiere que hagas algo que no quieres hacer. El enfado produce sufrimiento, no la persona, el enfado. El enfado no ha sido provocado por la persona si no por tu necesidad de control sobre tus acciones, sobre tu identidad, la defensa de tu capacidad de decisión.

O mejor aún: tu padre o tu pareja quieren hacer algo que tu crees que no deberían hacer y te frustras con ellos, te enfadas, te decepcionas... seguro que solo al leerlo ya ves por dónde voy, pero aun así, aún cuando la cosa no tiene que ver con nosotros nos aferramos a defender nuestros principios.

 

¿Qué tiene de malo defender mis principios? dirás. Pues que te provoca enfado, tan fácil como eso. El enfado catapulta sentimientos de separación, de culpa, de desconfianza, de egocentrismo... ¿sigo?

 

No se trata aquí de que te conviertas en alguien que dice que sí a todo. Se trata de que, aun encontrándote en una situación donde alguien te pide que hagas algo que no quieres, tú estés en tal paz interior que puedas decir no y que no haya enfado, y que si lo hay por parte del otro, tu sigas en equilibrio para mantener una conversación de comunión y convergencia, no de separación y defensa.

Al final tus principios hoy son unos y en unos años serán otros, es un gasto absurdo de energía y tiempo defender algo tan impermanente y tan dependiente de las circunstancias.

Quizás sigas sintiéndote mal pero ahora ves que estás mal porque te cuesta soltar tu identidad y tu necesidad de control, no porque la otra persona tenga la culpa de nada.

Al final la insatisfacción que sentimos en nuestras relaciones o en nuestra vida es una insatisfacción con nosotros mismos, pero es más fácil señalar hacia el exterior para que otros sean los que nos hagan felices. Si no somos felices nosotros, si no estamos en paz nosotros ¡¿cómo podemos exigirle a otro que nos haga sentir algo que no sabemos generar por nosotros mismos en el momento del conflicto?!

Es imposible, y aún así lo seguimos haciendo.

Hay cosas que juzgamos como catastróficas en el mundo, de eso no hay duda. Aún así el enfado es opcional y viene de dentro, no de fuera.

Sólo desde una mente clara, desde una introspección y una observación amorosa del jaleo tremendo que llevamos en nuestra mente es desde donde podremos soltar la necesidad de control, la necesidad de perpetuar unas conductas y unas creencias que no nos llevan en absoluto a estar en paz con nosotros mismos, aunque creamos que con quien no estamos en paz es con algo ahí fuera.

En el mundo en el que vivimos hay mucha virtud, pero también hay mucho miedo. Permíteme que insista una vez más: la paz interior nunca puede venir de fuera.

Dime, ¿has experimentado esa paz alguna vez?

Si es que no ¿cómo sabes que es otro el que te la va a dar?

Si es que si ¿la has experimentado alguna vez gracias a algo que ha ocurrido fuera o gracias a tu capacidad de soltar?

 

Esta semana solo te pido que te observes desde dentro. Que veas cuántas veces actúas de un modo que sabes que no es el mejor para estar en paz y equilibrio, una actitud que sigues perpetuando quizás simplemente porque no sabes hacerlo de otro manera.

Te pido que cuando te enfades con alguien veas qué es lo que estás defendiendo. Eso que defiendes, ¿de dónde sale? ¿para qué te sirve defenderlo? ¿te lleva a ser feliz?

Esa observación poco a poco rompe la rueda que te he dibujado más arriba. Esa es una de las meditaciones más básicas que puedes hacer: la introspección.

Mira cuántas veces mientras estás en ese ejercicio se te va la cabeza a lo que hizo la otra persona o a tu juicio subjetivo de una situación externa, ¿cuántas veces vuelves a poner en manos de la otra persona tu equilibrio emocional?

 

La paz y la plenitud están aquí y ahora, en tu mente, al margen de las circunstancias, detrás de todos esos pensamientos confusos que te llevan a creer que encontrarás respuestas fuera. Detrás de esas creencias que te llevan a actuar de un modo que no te hace feliz desde dentro.

 

En budismo se ofrecen los cuatro poderes oponentes como técnica para realizar este ejercicio:

• Reconocimiento del error de juicio a través de la introspección.

• Regreso a la motivación de liberación gracias al conocimiento de las causas del sufrimiento.

• Compromiso de no repetir la acción en cuestión porque entendemos que somos los únicos responsables de dicha liberación.

• Meditación de purificación ya que es sólo a través de la observación podemos ver claramente lo que ocurre en la mente. (en concreto la meditación de purificación de Vajrasatva)

 

Como ves no incluye la palabra culpa, la palabra castigo ni nada por el estilo: la mentalidad es más del tipo ”me he equivocado aquí y aquí porque me he perdido, voy a comprender y aceptar la realidad presente de mi mente y concentrarme para estar más atento la próxima vez” seguido de una visualización que nos sirve de imagen mental para un antes y un después del ejercicio.

Si el momento budista no va contigo ni te preocupes, los cuatro poderes oponentes pueden usarse de un modo absolutamente secular: observación, reconocimiento, arrepentimiento (que no culpa), compromiso contigo misma y meditación. Ya está. Es un trabajo super poderoso de autoconocimiento y motivación ¿te atreves?